







Preferiría no hacerlo
Finalmente, ella se volvió suave.
Existe una casa, existen colores, existen hijos, existe una mirada caníbal. Existen objetos, existe su rabia y existe su astucia. Existe una artista que hizo de la intuición una brújula para transitar esta vida. Alguien que cree que la práctica artística es un cuchillo capaz de perforar la realidad y acercarnos a una dimensión sensorial donde las palabras no existen, donde el lenguaje no tiene centro ni perspectiva.
El arte como una gran biblioteca espiritual, un espacio en blanco que contiene diversos tipos de conocimiento. El arte como un lugar verdaderamente extraño, en el que ella debe sumergirse y perderse.
Al otro lado del mundo, existe Ana Clara Soler.
Preferiría no hacerlo es una muestra que, en principio, se nutre de la relación que Ana Clara mantiene con la literatura, con el hecho vivo de leer. La lectura es un territorio de disputa: uno debe estar atento, dispuesto, inmune a las distracciones y a los estímulos que rebotan como electricidad en el día a día. Leer implica un pacto de silencio y concentración. Bajo esas premisas parecen estar forjadas las nuevas obras que se presentan aquí: pinturas que emulan papiros cargados de un saber ancestral; sobres, bolsas y objetos que reúnen un catálogo de fantasías que se narran a sí mismos sin especificidad alguna. Todo gobernado por un blanco que opera como un gran ente contenedor. La paleta se ordena y acomoda de acuerdo al soporte: la reducción de colores se asemeja a un placer silencioso.
Cada motivo retoma imaginarios propios de los mitos, las fantasías, el sentir suave de las imágenes que aparecen en Studio Ghibli, o la fortaleza metálica de la tradición heráldica —esa disciplina de la Edad Media que servía para identificar personas, escudos, familias jerárquicas, clérigos y asociaciones mediante emblemas o símbolos de diseño—.
A lo largo de su carrera, Ana Clara pareciera inventarse una tradición: la de construir sus propios diccionarios y alfabetos, lenguajes que no busca revelar, sino embarrarse en las babas calientes del misterio y el secreto, de aquello que no necesita permiso ni explicaciones. Su propia novela, su propio cuento, su propia ficción.
Pero en esta oportunidad se intuye un deseo de jerarquizar el detalle, de editar esos párrafos visuales que la constituyen como artista. Como si necesitara alejar el lente de la
cámara imaginaria con la que se observa, para establecer un diagnóstico, idear un plan y pulir al máximo sus creaciones. Silencio y concentración, una y otra vez.
Se distingue una labor artesanal, una producción que prioriza las manos como material y herramienta predilecta. No existe para ella la injusta jerarquía entre la obra de arte y la artesanía. De esta última valora la vitalidad que ofrece una práctica sin pretensiones, capaz de construir en comunidad una tradición. Hacer con las manos, moldear con el pensamiento, conectar su espíritu con algo que solo ella conoce.
Los procesos mentales que la conducen hacia la imagen implican un compromiso semejante a atravesar desnuda un volcán en erupción. Todo lo piensa con la impunidad de quien sabe ser inteligente en su obstinación, en la elección de sus caprichos y necesidades. Es el tipo de artista que no necesita entablar una muralla de conceptos para justificar su obra. Lo que sí necesita es adentrarse en ese extraño pasaje que conecta al espectador con su trabajo, en los distintos puentes que ella puede tender para convertir el goce personal en un gesto colectivo.
Para finalizar, Ana Clara Soler ofrece una oficina para las ideas: las suyas y las de quien se atreva a habitar este espacio. La muestra es algo más que un territorio de presentación; es también una geografía fantasmagórica, un núcleo envuelto en la niebla que disipa toda intención de intelectualidad. Aquí, la oficina se vuelve un lugar para pensar el extraño estado de la época, lo que viene y lo que se fue. Una tienda, un búnker, una galería de oficios y deseos, un edificio donde gobierna lo utilitario y lo doméstico, una cueva en la que viven dioses y pantanos.
Emmanuel Franco
Curaduría de Emmanuel Franco
4 DE NOVIEMBRE 2025 -






Preferiría no hacerlo
Finalmente, ella se volvió suave.
Existe una casa, existen colores, existen hijos, existe una mirada caníbal. Existen objetos, existe su rabia y existe su astucia. Existe una artista que hizo de la intuición una brújula para transitar esta vida. Alguien que cree que la práctica artística es un cuchillo capaz de perforar la realidad y acercarnos a una dimensión sensorial donde las palabras no existen, donde el lenguaje no tiene centro ni perspectiva.
El arte como una gran biblioteca espiritual, un espacio en blanco que contiene diversos tipos de conocimiento. El arte como un lugar verdaderamente extraño, en el que ella debe sumergirse y perderse.
Al otro lado del mundo, existe Ana Clara Soler.
Preferiría no hacerlo es una muestra que, en principio, se nutre de la relación que Ana Clara mantiene con la literatura, con el hecho vivo de leer. La lectura es un territorio de disputa: uno debe estar atento, dispuesto, inmune a las distracciones y a los estímulos que rebotan como electricidad en el día a día. Leer implica un pacto de silencio y concentración. Bajo esas premisas parecen estar forjadas las nuevas obras que se presentan aquí: pinturas que emulan papiros cargados de un saber ancestral; sobres, bolsas y objetos que reúnen un catálogo de fantasías que se narran a sí mismos sin especificidad alguna. Todo gobernado por un blanco que opera como un gran ente contenedor. La paleta se ordena y acomoda de acuerdo al soporte: la reducción de colores se asemeja a un placer silencioso.
Cada motivo retoma imaginarios propios de los mitos, las fantasías, el sentir suave de las imágenes que aparecen en Studio Ghibli, o la fortaleza metálica de la tradición heráldica —esa disciplina de la Edad Media que servía para identificar personas, escudos, familias jerárquicas, clérigos y asociaciones mediante emblemas o símbolos de diseño—.
A lo largo de su carrera, Ana Clara pareciera inventarse una tradición: la de construir sus propios diccionarios y alfabetos, lenguajes que no busca revelar, sino embarrarse en las babas calientes del misterio y el secreto, de aquello que no necesita permiso ni explicaciones. Su propia novela, su propio cuento, su propia ficción.
Pero en esta oportunidad se intuye un deseo de jerarquizar el detalle, de editar esos párrafos visuales que la constituyen como artista. Como si necesitara alejar el lente de la
cámara imaginaria con la que se observa, para establecer un diagnóstico, idear un plan y pulir al máximo sus creaciones. Silencio y concentración, una y otra vez.
Se distingue una labor artesanal, una producción que prioriza las manos como material y herramienta predilecta. No existe para ella la injusta jerarquía entre la obra de arte y la artesanía. De esta última valora la vitalidad que ofrece una práctica sin pretensiones, capaz de construir en comunidad una tradición. Hacer con las manos, moldear con el pensamiento, conectar su espíritu con algo que solo ella conoce.
Los procesos mentales que la conducen hacia la imagen implican un compromiso semejante a atravesar desnuda un volcán en erupción. Todo lo piensa con la impunidad de quien sabe ser inteligente en su obstinación, en la elección de sus caprichos y necesidades. Es el tipo de artista que no necesita entablar una muralla de conceptos para justificar su obra. Lo que sí necesita es adentrarse en ese extraño pasaje que conecta al espectador con su trabajo, en los distintos puentes que ella puede tender para convertir el goce personal en un gesto colectivo.
Para finalizar, Ana Clara Soler ofrece una oficina para las ideas: las suyas y las de quien se atreva a habitar este espacio. La muestra es algo más que un territorio de presentación; es también una geografía fantasmagórica, un núcleo envuelto en la niebla que disipa toda intención de intelectualidad. Aquí, la oficina se vuelve un lugar para pensar el extraño estado de la época, lo que viene y lo que se fue. Una tienda, un búnker, una galería de oficios y deseos, un edificio donde gobierna lo utilitario y lo doméstico, una cueva en la que viven dioses y pantanos.
Emmanuel Franco