




Pablo Insurralde (Isidro Casanova, 1980) manipula los materiales con una profunda conciencia de sus estados de posibilidad. Ese precioso e incierto “mientras tanto” del proceso creativo. Con paciencia, permite que formas amorfas de arcilla, aún sin cocer, permanezcan en los estantes de su taller, objetos latentes para ideas en gestación. Es como si esperara que el tiempo mismo actuase como un horno cerámico: cociendo y madurandolas lentamente hasta revelar su propósito o finalmente desestimar su expectativa. Esta filosofía de la espera se extiende a sus materiales de descarte. Acumula restos de esmaltes, creando una paleta sutil, un pantone grisáceo del residuo. Este material, que habitualmente recubriría las piezas, adquiere una nueva función: se transforma en la base, en una suerte de plataforma, isla o escenario. Sobre estos paisajes, formas y objetos se relacionan libremente, sin la atadura de un guión preestablecido. Un teatro para la improvisación donde lo inconcluso, lo potencial y lo acabado interactúan desprejuiciadamente para quien quiera observar y ensayar narrativas propias. Sus cerámicas y escenas son pruebas del caos de sueños diurnos que se cargan en el horno para que la noche haga su trabajo.
Joaquín Rodríguez
La noche pone todo en su lugar
Pablo Insurralde
Curaduría Joaquín Rodríguez
4 DE NOVIEMBRE 2025 -



Pablo Insurralde (Isidro Casanova, 1980) manipula los materiales con una profunda conciencia de sus estados de posibilidad. Ese precioso e incierto “mientras tanto” del proceso creativo. Con paciencia, permite que formas amorfas de arcilla, aún sin cocer, permanezcan en los estantes de su taller, objetos latentes para ideas en gestación. Es como si esperara que el tiempo mismo actuase como un horno cerámico: cociendo y madurandolas lentamente hasta revelar su propósito o finalmente desestimar su expectativa. Esta filosofía de la espera se extiende a sus materiales de descarte. Acumula restos de esmaltes, creando una paleta sutil, un pantone grisáceo del residuo. Este material, que habitualmente recubriría las piezas, adquiere una nueva función: se transforma en la base, en una suerte de plataforma, isla o escenario. Sobre estos paisajes, formas y objetos se relacionan libremente, sin la atadura de un guión preestablecido. Un teatro para la improvisación donde lo inconcluso, lo potencial y lo acabado interactúan desprejuiciadamente para quien quiera observar y ensayar narrativas propias. Sus cerámicas y escenas son pruebas del caos de sueños diurnos que se cargan en el horno para que la noche haga su trabajo.
Joaquín Rodríguez